No existen las emociones tóxicas. Aunque suene paradójico, es positivo sentir emociones «negativas», pues todas ellas están programadas en nuestro sistema nervioso para cumplir una determinada función

 Nuestras emociones son parte de nuestra inteligencia, una inteligencia basada en la creatividad, la espontaneidad y la intuición. Todas las emociones tienen algo que decirnos y deberían ser escuchadas, ya que son ellas y no la lógica, las que nos permiten afrontar las situaciones más difíciles de nuestra vida; las que nos ayudan a tomar decisiones que la razón pura nunca resolvería (Goleman, 1996; Greenberg, 2000).

Está claro que preferimos sentir emociones agradables, pero las demás también cumplen su función. El problema es que son mucho más difíciles de gestionar. Tanto que en ocasiones nos desbordan, se vuelven incontrolables, permanecen demasiado tiempo con nosotros y comienzan a causarnos problemas. Es entonces cuando adquieren un matiz negativo; es cuando pueden tornarse en emociones tóxicas.

 

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¿Qué son las emociones?

Las emociones son esencialmente impulsos rápidos que llevan a la acción y nos predisponen para un estado de ánimo que perdura algo más que la emoción que lo provocó. El cerebro emocional se aloja fisiológicamente en un conjunto de estructuras denominado sistema límbico. Este sistema se activa antes que la parte del cerebro más racional. Esto significa que:

“No podemos controlar lo que vamos a sentir, pero sí que podemos manejar nuestra reacción y el estado de ánimo en el que nos encontraremos”.

Daniel Goleman (1996)

Las emociones positivas como la alegría o la esperanza nos hacen sentir bien y nos empujan a llevar a cabo acciones agradables y beneficiosas. Promueven el crecimiento personal y nos preparan para posibles dificultades; por ejemplo, en los buenos tiempos, hemos creado una buena red social que nos sostenga cuando lleguen los difíciles

En el artículo de hoy hablaremos de tres de las emociones desagradables más comunes:

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Enfado e ira

Cuando alguien nos amenaza, trata mal o hace daño a nuestros seres queridos, surge esta emoción casi de inmediato. El enfado cumple una función clara: te activa y te pone en marcha para defenderte. Es una emoción energetizante y fortalecedora, que nos ayuda a enfrentar situaciones injustas u ofensivas. En término biológicos, el enfado o ira sería una respuesta de lucha, en contraposición a la de huida (Goleman, 1996).

Sin embargo, cuando nos desborda, puede comprometer nuestra capacidad de razonamiento (secuestro emocional). Si no sofocamos el incendio a tiempo, puede convertirse en rabia, cólera e incluso llevarnos a actuar con agresividad.

Cuando interpretamos todo como una ofensa o le damos muchas vueltas a lo que nos molestó, alimentándolo de ideas de venganza, rencor y odio, el enfado se vuelve tóxico y destructivo

Si queremos expresar nuestro enfado, es mejor hacerlo tras un enfriamiento en el que hayamos podido reflexionar y detener el torrente de pensamientos incendiarios que lo alimentan. No debemos reprimir nuestro enfado, pero tampoco darle rienda suelta para que se apodere de nuestros actos.

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Miedo o ansiedad

Párate a pensar en cuantas cosas te preocupan cada día. Ser capaces de reconocer una dificultad cuando aparece, reflexionar sobre nuestros problemas, anticiparnos y buscar soluciones es una actitud normal e inteligente. Ante una situación compleja, la respuesta de estrés es la reacción natural; nos prepara para la acción y permite que focalicemos todos nuestros recursos en el reto que se pone ante nosotros.

Pero cuando se apodera de nosotros provocando reacciones incontrolables, cuando aparecen miedos irracionales y limitantes, adquiere un matiz bastante negativo.

Cuando damos vueltas y vueltas “rumiando” nuestros problemas, cuando las preocupaciones se apoderan de nuestra mente y vivimos en permanente sensación de alerta sin salida ni solución, es cuando la ansiedad se vuelve toxica (Goleman, 1996).

No debemos ver el estrés como un enemigo pues, en pequeñas dosis, es un poderoso aliado que nos ayuda a superar retos. Todos necesitamos cierto nivel de presión para ponernos en marcha. La clave es tener recursos para hacerlo manejable; detectar que estamos llegando a “la zona roja” y tener alguna estrategia para bajar revoluciones antes de que la ansiedad sea demasiado fuerte.

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Tristeza o depresión

 La tristeza es una de las emociones más difíciles de gestionar; nadie quiere estar triste pero, en ocasiones, será inevitable. Si hemos vivido una pérdida, la tristeza nos sumergirá en un refugio para la reflexión que nos permitirá elaborarla y realizar los ajustes necesarios para el cambio que supone (Goleman, 1996).

Pero la depresión, sin embargo, es patológica. La depresión no nos proporciona un retiro o descanso, sino que paraliza nuestra vida. Cuando todos nuestros pensamientos se enfocan a las cosas negativas que nos suceden dejando fuera cualquier atisbo de alegría, cuando la apatía hace que nos aislemos más y más de nuestros seres queridos e impide que nos involucremos en actividades beneficiosas, la tristeza se vuelve tóxica

Sentirnos tristes ante cosas tristes es normal. Y sano. Ser capaces de abstraernos de cierto malestar es un mecanismo de defensa contra el dolor. Pero vivir tapando el dolor de manera es patológico; puede que, si lo hacemos, logremos evitarlo en ese momento, pero esa tristeza reprimida, acabará saliendo en forma de reacciones más fuertes que nos asaltarán sin saber ni de dónde vienen e incluso provocar cambios en nuestra forma de ser.

En conclusión, ser feliz no significa vivir sin emociones desagradables. Ignorarlas o dejarse arrastrar por ellas son dos extremos no recomendables, así que la clave está en tomar consciencia y saber distinguir si están cumpliendo su propósito o, por el contrario, nos están “intoxicando”.

Para ello, podemos desarrollar recursos que nos ayuden a regular las emociones en intensidad y duración. Estos recursos se adquieren de forma natural durante la infancia a través de nuestras figuras de referencia (padres, hermanos, iguales…).

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Y es que aprendemos a tratarnos, tal y como nos trataron cuando éramos niños. Pero podemos aprender a tratarnos mejor

Las capacidades para la gestión emocional pueden aprenderse durante toda la vida.

Hoy puedes empezar a trabajar en ti

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