Decir a alguien que está traspasando una línea con nosotros es necesario, pero difícil. Nos cuesta poner límites por culpa de una serie de miedos y creencias limitantes que hemos ido interiorizando desde pequeños.

Los límites son unas líneas metafóricas personales, que delimitan hasta dónde estamos dispuestos a ceder o permitir y marcan un punto que no debe ser sobrepasado. Muchos están determinados por la sociedad o la crianza, pero otros los tendremos que ir elaborando en cada una de nuestras relaciones.

Poner límites es esencial para nuestro bienestar emocional, para construir relaciones sanas y mantener un equilibrio saludable en nuestras vidas. Pero a pesar de su importancia, nos cuesta un montón ponerlos.

Y por ello, nos vemos tantas veces involucrados en situaciones desagradables, en relaciones en las que sentimos que no se nos respeta, agobiados por compromisos o “deberes” que nos roban tiempo, salud y paz mental.

 

Puedes decir que NO cuando tú quieras. Tienes derecho a poner los límites que consideres, sin culpa, sin miedo a no gustar y sin sentirte mala persona por ello. Pensar «tengo que ser más egoísta» es un error, pues no se trata de egoísmo, sino respeto hacia nosotros mismos

Pero no es fácil poner límites. No es fácil expresar nuestras necesidades si entran en conflicto con las de otro. No es fácil decir «hasta aquí hemos llegado»

Las razones por las que resulta tan complicado son variadas y complejas, y están profundamente arraigadas en factores emocionales, psicológicos y sociales

En este artículo exploraremos las principales causas detrás de esta dificultad, y cómo reconocerlas puede ser el primer paso para aprender a cuidar de nosotros mismos sin culpa ni miedo. Vamos a ello:

¿Por qué es tan difícil poner límites?

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Evitación del conflicto

Una confrontación puede ser una situación desagradable, por lo que a veces preferimos callar y  ceder para evitar el mal rato o problemas mayores

El miedo al conflicto puede venir de experiencias pasadas, como haber tenido unos padres explosivos o por falta de asertividad o por miedo a perder el control, debido a una mala gestión emocional.

El problema es que, en el intento de esquivar situaciones incómodas, podríamos terminar acumulando más tensión de la que queríamos evitar. Acabaremos sobrecargados, con la sensación de que la gente se aprovecha de nosotros, y el resentimiento acumulado nos llevará a un conflicto peor.

Evitar el conflicto para mantener la paz con alguien, puede llevarte a perderla dentro de ti

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Miedo al rechazo o abandono

A veces permitimos conductas que nos incomodan por miedo al rechazo. Aprendimos que complacer era una manera de ser queridos. Creemos que al decir no, dejarán de querernos, de necesitarnos, de contar con nosotros. Que poner límites supone el riesgo de quedarnos solos

Por ello priorizamos las expectativas y bienestar de otras personas por encima del propio. No somos capaces de decir “oye, por aquí vamos mal”, pues eso podría implicar que la gente se aleje

La necesidad de ser aceptados o queridos, nos lleva a permitir conductas que nos incomodan o incluso hacen daño. Creemos que complacer a los demás es la única manera de ganarnos su amor y respeto, pero el problema es que, al priorizar sus deseos, somos nosotros quienes terminamos abandonando nuestras propias necesidades y, en consecuencia,  a nosotros

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Creencias limitantes

«Tengo que pensar en mi, ser más egoísta». Existe la creencia popular de que priorizarse, es sinónimo de egoísmo y por ello, sentimos culpa cuando no accedemos a algo. ¿Cuántas veces nos hemos sentido culpables al rechazar la invitación o petición de un amigo?

Esto se debe a una serie de creencias limitantes que hemos ido interiorizando desde pequeños. Unas creencias impuestas en gran medida por la sociedad y la familia. Si hemos crecido en un ambiente en el que no se respetaban los límites o dónde estaba mal visto decir “no”, hoy es lógico que te cueste hacerlo. Sentimos culpa al decir “no”, porque de pequeños estaba penalizado. Nos educaron para “ser buenos y obedecer sin rechistar” y ahora andamos con problemas con los límites.

Muchos crecimos creyendo que decir «no» es un signo de egoísmo y una falta de respeto. Cuando la realidad es que, si nunca pones límites, a quien no estás respetando es a ti

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Ego y deseo de aprobación

«Yo puedo con todo», «nunca fallo» «soy super fuerte». Bajo estas creencias puede existir una imagen idealizada de nosotros mismos que necesitamos mantener a través de la aprobación y reconocimiento (“es que eres una superwoman”, “es super bueno, siempre estás ahí para todos”)

En este caso, el deseo de ser visto como alguien siempre disponible, competente y sin límites está vinculado con una necesidad de valoración externa. Es una forma de validar el propio valor a través de la mirada de los demás. Pero debajo de esta máscara, se esconden muchas inseguridades ¿Quién serías si te quitas el disfraz?

Poner límites supondría reconocer tu propia vulnerabilidad y tu imagen de persona valiosa podría derrumbarse. Pero cumplir con las expectativas de todos no es lo que define tu valor personal. Acepta que tienes límites, que tu cansancio y malestar importan y que tu salud no es infinita

Recuerda que no puedes con todo, ni tienes porqué

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Autoestima

Si tienes la autoestima baja, es posible que pienses que tus deseos o necesidades son menos importantes que los de los demás o incluso que no mereces proteger tu tiempo y energía.

Esto nos puede llevara aceptar tareas adicionales en el trabajo o a hacer favores que nos sobrecargan, a intentar obtener de fuera un valor que no sentimos desde dentro o a encontrar respeto y cariño, agradando a todo el mundo

Si no sentimos que nuestros derechos o necesidades son valiosos, será difícil que podamos marcar los límites y hacer que los demás los reconozcan y respeten.

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Falta de autoconocimiento

¿Quién no ha dicho que sí sin darse cuenta, por inercia? Y al rato, te das cuenta de que no quieres o no puedes hacer ese favor. Pero ya es demasiado tarde y no puedes echarte atrás (o eso crees)

Muchas veces no decimos lo que necesitamos porque no sabemos bien qué queremos. Nos cuesta tomar decisiones y nos dejamos llevar por lo que quieren los demás. Y luego sentimos que no estamos en el lugar que queremos. 

Cuando estamos desconectados de nuestras necesidades, es difícil saber que necesitamos. Debemos dejar de mirar hacia fuera y empezar a escucharnos. Empezar a preguntarnos más a menudo, ¿pero qué es lo que quiero yo?

Conclusión: Poner límites es un acto de amor hacia nosotros y hacia los demás, que nos permite sostener relaciones basadas en el respeto mutuo y vivir de forma más auténtica, sin miedo a mostrarnos tal y como somos. No se trata de construir muros, sino de crear un espacio saludable para nuestras necesidades, teniendo en cuenta las del otro

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Poner límites requiere un acto de autoconciencia profundo.

Es difícil poner límites, tanto a los demás como a nosotros mismos. Sobre todo a nosotros mismos porque, en muchos casos, no conseguimos marcar la línea con los demás porque no sabemos bien dónde está nuestro límite real.

Reconocer las razones que nos dificultan poner límites es un paso fundamental hacia el autocuidado y el bienestar emocional.

Hoy puedes empezar a trabajar en ti para aprender a poner límites sanos y mejorar tus relaciones

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